Nobles y caballeros en las montañas del norte

Nobles y caballeros en las montañas del norte

 

Por David Nogales Rincón, profesor de Historia Medieval en la Universidad Autónoma de Madrid

La ruta discurre por algunos de los monasterios y castillos vinculados a la aristocracia del ámbito asturiano y cántabro, llamada a convertirse en la raíz de la primera nobleza de la Península, en el marco de la emergencia, a partir de la primera mitad del siglo VIII, del reino de Asturias.

De los restos del naufragio que supuso la conquista islámica de la Península en el año 711 emergía, en las décadas centrales del siglo VIII, el reino de Asturias. Fue, en este territorio, moldeado por las primitivas y ásperas montañas de la cordillera Cantábrica, donde nació, al calor de la nueva monarquía, una renovada aristocracia, de orígenes no siempre claros y todavía hoy discutidos. La ampliación del territorio a manos de los primeros reyes asturianos, que supuso la creación de una nueva organización militar y administrativa, sacó a la luz las jefaturas locales encerradas en los valles desde tiempos antiguos y ofreció una oportunidad de redención a aquellos nobles y terratenientes godos que habían asistido al fin del reino visigodo de Toledo.

Esta nueva aristocracia acabaría poco a poco tomando doblemente cuerpo, a lo largo de los siglos IX y X, en las figuras denominadas en las fuentes como comites (condes), proceres (eminentes), magnates (grandes) o potentes (poderosos), convertidos en grandes propietarios de tierras y en fieles servidores de los reyes, y en una nobleza inferior, integrada por los denominados como infanzones y milites (caballeros), dedicados al oficio de las armas al servicio del rey o de los magnates, que, en su conjunto, protagonizarían las primeras resistencias frente a al-Ándalus.

Sin embargo, esta aristocracia, pujante en los momentos iniciales del reino asturiano, se vería progresivamente distanciada del poder, cuando las montañas, antes espacio natural de la corte, aislaban ahora a los nobles de su rey, instalado, desde 910, en la ciudad de León.  Encerrada tras un muro de roca y nieve y devuelta al fondo de los valles, la aristocracia norteña pasaría a desempeñar un papel cada vez más local, en un momento en el que el reino ampliaba sus horizontes hacia el sur.  

Silenciosamente, esta nobleza pudo consolidar sus estructuras en los siglos XII y XIII, y ganar, poco a poco, a partir de inicios del siglo XIV, nuevas cuotas de poder en sus territorios frente al obispo de Oviedo y a los grandes monasterios, gracias a las donaciones regias y a sus fechorías o malfetrías, que convirtieron a la violencia en llave para dominar el antiguo reino de Asturias. Sin embargo, solo a duras penas esta nobleza llegó a configurar una gran aristocracia capaz de integrarse entre las filas de la primera nobleza de la Corona de Castilla, incluso cuando la nueva dinastía Trastámara, que conquistó el trono en 1369, tras el asesinato de Pedro I el Cruel (1350-1369), impulsó el reforzamiento nobiliario.

La llegada de la nueva dinastía, que en otros puntos de Castilla supuso una expansión sin precedentes de la gran nobleza, gracias a las donaciones del monarca, tuvo un impacto menor en Asturias y Cantabria. Aquí ese gran salto nobiliario se redujo a la promoción, con frecuencia tímida, de algunos linajes, como los Quirós, los Miranda, los Valdés, los Ríos, los Ceballos o los De la Vega, y a la penetración solo puntual de algunas importantes figuras del panorama nobiliario castellano y leonés, como Alfonso Enríquez, conde de Noreña, y linajes como los Quiñones, en Asturias, o los Téllez, los Manrique y los Mendoza, en Cantabria. El ámbito del norte se convertía así en un territorio casi huérfano de títulos nobiliarios, más allá de figuras como el conde de Castañeda o el fugaz conde de Buelna.

Al finalizar la Edad Media, esta nobleza norteña, arrastrada por las corrientes de la historia, pero aferrada con fuerza al pasado, estaba compuesta mayoritariamente por una gran masa de hidalgos rurales empobrecidos, que trabajaba con sus manos la tierra, mientras soñaba con la pureza de su sangre, nunca contaminada por gentes extrañas. Este choque entre lo que eran y lo que pretendían ser no pasó desapercibido a sus contemporáneos, que dejaron constancia de esta ensoñación en refranes como «hidalguía, hambre y fantasía» o «humos de hidalguía, la cabeza vana y la bolsa vacía». A estos hidalgos se sumaba una nobleza de segundo rango, lejana de esa gran nobleza castellana que disfrutaba de títulos nobiliarios (duques, condes, etc.) y triunfaba en la corte, junto a los reyes. Unos títulos que solo emergerían en los territorios de norte tardíamente, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, cuando la Edad Media era ya un mero recuerdo.

Ruta

La ruta discurre por algunos de los lugares vinculados a la nobleza asturiana y cántabra. La ruta parte del Parador de Corias-monasterio benedictino de San Juan Bautista (Cangas del Narcea, Asturias), de orígenes medievales, aunque reconstruido en su inmensa totalidad en el siglo XVIII en estilo neoclásico. Su fundación, envuelta, según la tradición recogida en el conocido como Libro Registro del monasterio, por hechos sobrenaturales, tomó cuerpo en 1043, cuando los condes Piniolus Xemeni y su mujer Ildoncia Munionis, destacadas figuras de la nobleza asturiana de la primera mitad del siglo XI, nombraron al clérigo Arias Cromaz como primer abad. La amplia dotación económica del centro, llevada a cabo al año siguiente, lo convertiría en el más importante y rico de los monasterios asturianos. La iglesia fundacional, convertida en la capilla funeraria de Santa María a partir de 1113, cuando se construyó una nueva iglesia monástica, acogería los enterramientos de la aristocracia comarcal de los siglos XIII al XVII, entre los que destacaría la inhumación de un anónimo noble del siglo XIII portando unas espuelas doradas, símbolo de la caballería. A continuación, nos dirigiremos hacia el monasterio benedictino de San Pedro de Villanueva (Cangas de Onís, Asturias), en cuya iglesia románica (portada sur) podemos observar un conjunto de llamativas escenas caballerescas de fines del siglo XII, manifestación del arraigo del amor cortés y el espíritu de la caballería entre la nobleza asturiana. En ellas, se muestra el tema de la partida del caballero buscando fortuna y aventuras, presente en otros monasterios asturianos, con la representación del beso de despedida del caballero a su dama y la partida del caballero propiamente dicha, con la dama a los pies de un castillo. Dejaremos Cangas de Onís para dirigirnos, entrando en la provincia de Cantabria, hacia la Torre del Infantado de Potes (Potes, Cantabria), ejemplo típico de las torres señoriales de los siglos finales de la Edad Media que, desde Asturias a Navarra, recorren el norte de la Península. La historia del lugar se encuentra estrechamente ligada a la figura de Leonor de la Vega (hacia 1365-1432), miembro de la nobleza cántabra, quien, tras adquirir la propiedad de la villa gracias a su primer matrimonio con el noble Juan Téllez (hacia 1360-1385), pudo legar la villa y su «casa fuerte de Potes» a la descendencia nacida fruto de su segunda unión con el gran noble castellano Diego Hurtado de Mendoza (1365-1404), uno de los más poderosos hombres de Castilla. Fue así cómo, a la muerte de Leonor, en 1432, Potes llegó a manos del famoso linaje de los Mendoza, en la figura del insigne Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (1398-1458). Potes sería testigo de las luchas entre el linaje de los Manrique de Lara y los Mendoza por el control del territorio, que culminarían en 1444 con el incendio de la torre y su reconstrucción, convertida, una vez reconocida la soberanía de los Mendoza, en centro del poder de los marqueses de Santillana y futuros duques del Infantado. Finalizaremos la ruta en el castillo de San Vicente de Argüeso (Hermandad de Campoo de Suso, Cantabria), único ejemplo de castillo interior en Cantabria, destinado a la vigilancia de la vía que comunicaba la costa con el interior de Castilla. Construido, en distintas etapas, entre los momentos finales del XIII y el XV sobre los restos de una antigua ermita bajo la advocación de san Vicente, el castillo se vincula igualmente a la figura de Leonor de la Vega, quien habitó la fortaleza algunas temporadas y aseguró su defensa frente al linaje de los Manrique de Lara. Tras la muerte de doña Leonor en 1432, el castillo se integró en el patrimonio de los Mendoza, convirtiéndose en centro desde el que se recaudaban los tributos de la comarca cántabra de Campoo, se defendía el señorío de los Mendoza y se llevaba a cabo un control de las comunicaciones con la Meseta, siendo, además, desde 1475, el centro que daba nombre al marquesado con el que los Reyes Católicos premiarían a Diego Hurtado de Mendoza (1417-1479).

¿Por dónde transcurre la ruta?

  • Parador de Corias-monasterio benedictino de San Juan Bautista (Cangas del Narcea, Asturias), 
  • Monasterio benedictino de San Pedro de Villanueva (Cangas de Onís, Asturias)
  • Torre del Infantado de Potes (Potes, Cantabria)
  • Castillo de San Vicente de Argüeso (Hermandad de Campoo de Suso, Cantabria)

Descubre los castillos y palacios de esta ruta en detalle

Elegido Mejor Hotel No Urbano de España por los lectores de la revista Condé Nast Traveler, este Parador se ubica en la bella localidad asturiana de Cangas del Narcea. Se trata de un impresionante monasterio declarado Monumento Histórico-Artístico Nacional, también conocido como El Escorial Asturiano. Sus sótanos son un precioso museo en el que podrás ver restos arqueológicos de la primera construcción, que data de principios de siglo XI. Desde las ventanas de las habitaciones, las vistas al paisaje montañoso y al río Narcea son espectaculares. También merece una visita la Iglesia, de amplios espacios al estilo toscano y un gran retablo barroco. Tienes a tu disposición salones acondicionados para banquetes, congresos, y para cualquier evento que quieras celebrar.

Al lado del Parador un puente de factura romana, donde el paso de los siglos ha dejado surcos sobre los cantos rodados, invita a iniciar un paseo por el entorno, olvidarte de todo y relajarte. Esos mismos senderos te llevan hacia hermosos parajes como el Parque Natural de Fuentes del Narcea, Degaña e Ibias , la Reserva Integral de  Muniellos o la Reserva Parcial del Cuetu d’ Arbas, donde el oso y el urogallo dejan su huella en hermosos mantos verdes de vegetación. En las montañas que rodean al Parador  envejecen además viñedos de mencía, albarín, carrasquín, verdejo tinto…cuidadas con esmero por los viticultores de la zona.

La villa de Cangas de Narcea, a dos kilómetros del Parador de Corias, salpicada de bellas iglesias, palacios y casonas, es un pueblecito encantador que te gustará visitar. Algunos lugares con encanto son la Basílica de Santa María Magdalena, el Palacio de Omaña, el Palacio de Toreno o el Santuario de la Virgen del Acebo.

Te esperamos en uno de los Paradores más grandes de España, un remanso de paz y tranquilidad en medio de un paisaje de cuento.

A orillas del río Sella y rodeado de los espectaculares Picos de Europa, en un paraje de belleza inigualable, te espera el Parador de Cangas de Onís. El hotel es el antiguo Monasterio de San Pedro de Villanueva, un edificio precioso, con espectaculares estancias de piedra y madera, decoradas de forma elegante, cálida y tradicional. Los salones y el jardín al lado del río son el entorno ideal para celebraciones inolvidables. Se cuida cada detalle y se ofrece la mejor cocina para que disfrutes plenamente de un lugar idílico. El Parador está a dos kilómetros de Cangas de Onís y es un punto de partida ideal si quieres visitar el Parque Natural de Los Picos de Europa, el Santuario y los lagos de Covadonga, e incluso encantadores pueblos costeros como Llanes o Ribadesella.

Asturias es sinónimo de belleza natural. Desde el Parador de Cangas de Onís sus escarpadas montañas, las blancas playas, recónditas cuevas, hermosos lagos, bosques de profundo verdor y ríos de agua cristalina están a tu alcance sin la necesidad de largos desplazamientos. A media hora en coche está el pueblo de Cabrales, donde por ejemplo podrás visitar un museo en una cueva natural donde se muestra la elaboración tradicional del famoso queso característico de la localidad. Preciosa también es la Ruta del Cares, un espectacular cañón de 12 kilómetros y la ruta en coche por el Desfiladero de los Beyos, otro impresionante cañón paralelo al Sella. Si lo visitas puedes parar en La Salmonera, donde disfrutarás del espectáculo del remonte de los salmones.

Este es un lugar para disfrutar de paisajes de postal, perfectas rutas de senderismo alrededor de los lagos y las montañas, y de la tranquilidad idílica en un Parador ubicado en un lugar privilegiado.

Bastión de la Villa de Potes y de toda la Comarca de Liébana, en la montaña de Cantabria, la Torre del Infantado es un edificio medieval que se yergue en la confluencia de los ríos Deva y Quiviesa.

Abierta al público tras su inauguración el 19 de marzo de 2011 después de un largo proceso de restauración, la Torre del Infantado acoge a miles de visitantes en sus 1800 m2, distribuidos en 6 plantas, cuyas estancias se disponen entorno a un patio central; en ellas se trata la vida y obra de Beato de Liébana, abad lebaniego, primer escritor cántabro y, por ende, español.

Maderas nobles, acero corten y grandes espacios acristalados se adueñan de los espacios interiores y dotan de luz una recreación medieval magistral que se combina con luminarias de última generación.

Este regio inmueble que atesora tanta historia tiene su acceso por medio de una larga escalinata y atravesando una puerta con arco apuntado. Habiendo pertenecido a los Duques del Infantado, también se ha destinado a cárcel y posteriormente Ayuntamiento de la Villa.

Hoy día acoge permanentemente la exposición “Beato de Liébana y sus beatos” la más completa colección facsímil del mundo de los códices denominados “Beatos”.

La visita se culmina con la magnífica y exultante vista desde el almenado hacia la villa de Potes, el monte de la Viorna, el emplazamiento del monasterio de Santo Toribio y el fondo de los Picos de Europa.

Asimismo, la Torre acoge en su planta sótano exposiciones de carácter temporal.

Sobre un cerro, y custodiando el camino que unía la costa con Castilla, se alza el Castillo de San Vicente de Argüeso. Construido durante los siglos XIII-XV,  representa el más destacado y antiguo ejemplo de castillo roqueño de Cantabria, siendo el único castillo interior que existe en la Comunidad.

El castillo fue uno de los puntos fuertes del Señorío de la Vega desde el que defendieron sus intereses en Campoo de Suso. En el siglo XV, es titular del mismo Doña Leonor de la Vega, esposa del Almirante de Castilla, Don Diego Hurtado de Mendoza y madre de Iñigo López de Mendoza, el ilustre Marqués de Santillana, uno de los protagonistas fundamentales de la política castellana de aquel momento, más conocido, quizás, por la calidad de su obra poética. A la muerte del Marqués, en 1458, le sucede su primogénito, Diego Hurtado de Mendoza, quien merced a la fidelidad demostrada a los Reyes Católicos, sería nombrado en 1475 Duque del Infantado y Marqués de Argüeso y de Campoo.

El castillo pasó a ser desde entonces la sede del Marquesado de Argüeso, que se organizó bajo una administración independiente en algunos aspectos a la de la Merindad de Campoo. Don Mariano Téllez Girón, duque de Osuna y último marqués propietario del castillo, lo venderá en 1873, pasando desde entonces por diferentes manos particulares. La última propietaria del castillo, Doña Teresa Rábago, donará el castillo al Ayuntamiento de la Hermandad de Campoo de Suso en 1962 con la “única” condición de que se rehabilite, siendo éste el titular de la fortaleza hasta la actualidad.

Declarado Bien de Interés Cultural en 1983, el castillo fue restaurado por el Ayuntamiento de la Hermandad de Campoo de Suso y el Gobierno Regional en 1988, destacando el gran trabajo artesanal realizado sobre madera noble por la familia Sobaler y su equipo de artesanos locales. Con motivo de esta restauración, fueron encontrados en el sótano de la torre sur los muros de la antigua ermita de San Vicente Mártir (S. IX), alrededor de la cual se generó una necrópolis aún visible en el patio de armas del castillo

En agosto de 1999, el Castillo abre sus puertas al público funcionando como centro cultural, acogiendo tanto exposiciones temporales, como otros eventos lúdico-festivos.

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