El condado de Barcelona, joya de la Corona de Aragón

Por David Nogales Rincón, profesor de Historia Medieval en la Universidad Autónoma de Madrid

En el noreste peninsular, donde el emperador Carlomagno había establecido a fines del siglo VIII la conocida como Marca Hispánica, tomaría forma una nueva realidad que a inicios del siglo XII una crónica pisana denominaba por primera vez como Cataluña. El camino que separaba uno y otro momento había sido largo y los cambios, que acompañarían este tránsito, profundos. Los primeros pasos habían sido dados por Wifredo el Velloso (así llamado porque, según nos cuenta una antigua crónica, «tenía pelo en ciertas partes no acostumbradas en cuerpo de hombre»), quien sería nombrado en 870 conde de Urgel y Cerdaña por el rey franco Carlos el Calvo y solo ocho años después conde de Barcelona por su hijo, Luis el Tartamudo. Con ello, el conde Wifredo retenía entre sus manos una parte importante de la Marca Hispánica.

A su muerte, en 897, los territorios que había gobernado como delegado del rey franco serían divididos entre sus hijos como si de una propiedad particular se tratara, de una manera no muy diferente a lo que estaba sucediendo en otros lugares del antiguo Imperio carolingio. A la rama principal le habría de corresponder el núcleo constituido por los condados de Barcelona, Girona y Osona, este último con capital en la actual Vic (Barcelona). Todos estos territorios nunca más volverían a estar bajo la soberanía de los reyes francos, quienes, de hecho, se verían obligados a reconocer formalmente su autonomía en el conocido como tratado de Corbeil de 1258.  

Entre los condados que habían integrado en época carolingia la Marca Hispánica, acabaría destacando el de Barcelona. Sus titulares (que dibujarían durante más de cinco siglos las líneas genealógicas de la Casa de Barcelona) aumentarían a partir del siglo X sus dominios, gracias a renuncias de parientes, conquistas, alianzas o compras. Los condes lograrían de esta forma extender progresivamente su influencia tanto hacia el sur, bajo control musulmán, como hacia el norte, más allá de los Pirineos. El proceso fue lento y no siempre fácil, pues algunos señores se resistían a desaparecer. Así, el Valle de Arán permanecería en manos del francés conde de Cominges entre 1213 y 1313, y el condado ilerdense de Pallars Sobirá disfrutaría de autonomía hasta fines del siglo XV.

Un hecho, sin embargo, estaría llamado a cambiar, por encima de cualquier otro, la historia de Cataluña: en 1162 la titularidad del condado de Barcelona recaía en la figura del rey de Aragón, Alfonso II el Casto, nacido del matrimonio entre el conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV, y Petronila de Aragón, hija del rey aragonés Ramiro II. Desde ese momento, la andadura del condado de Barcelona quedaría unida a la historia del reino de Aragón y, posteriormente, a la de los reinos hermanos de Valencia y Mallorca, fundados en el siglo XIII tras las conquistas del rey Jaime I. Todos estos territorios formarían lo que los historiadores han denominado desde el siglo XIX como la Corona de Aragón: una monarquía integrada por un conjunto de reinos, estados y señoríos que, aunque se encontraban bajo la figura común del rey de Aragón, conservaban sus propias instituciones, leyes y fronteras.

En el marco de esta monarquía, si el reino de Aragón era el alma de la Corona, Cataluña era su corazón. Hasta fines del siglo XIV e inicios del siglo XV, el principado, como se le denominaría, al menos, desde 1350, era el territorio más poblado de la Corona y su motor económico, gracias a su intensa actividad comercial y naval. Esta importancia se manifestaría en el papel que los burgueses de Barcelona, en unión con la nobleza catalana, tuvieron en el impulso del proyecto que llevaría a los reyes aragoneses a construir un Imperio marítimo extendido por las islas Baleares, Sicilia y Cerdeña, el ámbito italiano y algunas partes de Grecia. Así, los ciudadanos barceloneses colaboraron con sus naves y dinero en los proyectos reales y, gracias al monopolio concedido por Jaime I de Aragón a Barcelona, sus barcos pasaron a tener el control de las rutas comerciales que, desde la Ciudad Condal, se dirigían al norte de África, a Siria o al Imperio bizantino, comerciando con telas, especias o esclavos. De esta manera, los catalanes pasarían a convertirse en la cara más visible de la Corona aragonesa en las aguas del Mediterráneo.

Este peso de Cataluña en la Corona de Aragón también se manifestó en la importancia alcanzada por el catalán, convertido junto al aragonés y, de forma más tardía, el castellano en una de las lenguas, quizá en la predilecta, de los reyes aragoneses, especialmente antes del siglo XV. Una lengua en la que, además de narrarse las gestas de los reyes de Aragón, se escribirían algunas de las más bellas páginas de la literatura hispánica, como los versos del poeta valenciano Ausiàs March o las historias caballerescas de Tirant lo Blanch del también valenciano Joanot Martorell. El Velloso, Ramón Berenguer IV o Alfonso II tejerían así una historia llamada a ser el fundamento de Cataluña, de la Corona de Aragón y de la futura Monarquía Hispánica.

Ruta

La ruta incluye algunos castillos ligados a la historia del principado de Cataluña. Esta comienza en el castillo de los duques de Cardona (Barcelona), de probable fundación franca, vinculado en sus orígenes a las figuras de Wifredo el Velloso y Ramón Berenguer IV, y convertido desde el siglo X en propiedad de una de las grandes familias de la aristocracia catalana: los vizcondes, después condes y finalmente duques de Cardona, cuyo panteón se encuentra ubicado en la iglesia del castillo, la antigua colegiata de San Vicente, una de las obras culmen del románico catalán del siglo XI. Tras abandonar Cardona, la ruta continúa hacia Lleida, antigua capital del reino taifa musulmán del mismo nombre, conquistada por Ramón Berenguer IV y Armengol VI de Urgel en 1149. La ciudad se convertiría en sede de la primera universidad de la Corona de Aragón, fundada por el rey Jaime II en 1297, y en su castillo real tendría lugar en 1150 un acontecimiento clave de la historia catalana: la boda de Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón. La ruta se dirige, a continuación, hacia el castillo o granja de Riudabella (Vimbodí i Poblet, Tarragona), territorio conquistado igualmente por Ramón Berenguer IV, siendo donado al monasterio cisterciense de Santa María de Poblet, panteón de los reyes aragoneses. En este lugar, los monjes de Poblet establecieron entre los siglos XII y XIII una granja que habría de servir como espacio de producción agrícola y de descanso, en la cual la intervención del abad Delgado permitió, en el siglo XV, levantar algunas de sus edificaciones, entre ellas, una capilla, si bien el aspecto actual acastillado del conjunto corresponde a una reforma del siglo XIX. La ruta finaliza en el castillo de la Zuda de Tortosa (Tarragona), construido en el siglo X, durante el mandato del califa Abderramán III, y centro del efímero reino taifa de Tortosa. Tras la conquista a los musulmanes de la ciudad en 1148 por iniciativa del conde Ramón Berenguer IV, el castillo de la Zuda se vincularía con la familia noble de los Montcada y sería donado a la Orden del Temple, pasando, tras la extinción de esta orden militar, de nuevo a los reyes aragoneses, quienes, como Jaime I de Aragón, residieron largas temporadas en la fortaleza.

¿Por dónde transcurre la ruta?

  • Castillo de los duques de Cardona
  • Castillo de Riudabella
  • Castillo de la Zuda de Tortosa

Descubre los castillos y palacios de esta ruta en detalle

¿Te apetece viajar a través del tiempo hasta la Edad Media? En el Parador de Cardona sentirás que lo has hecho. El Hotel es un precioso castillo medieval que atesora siglos en lo alto de un promontorio, vigilando la encantadora villa de Cardona. Es un recinto fortificado del siglo IX donde podrás visitar también la Torre Minyona y una bonita iglesia, ambas del siglo XI. Cuidamos la decoración para que el castillo conserve todo su encanto, y para que los fosos, las torres, las murallas y elementos góticos se aprecien en todo su esplendor. La panorámica del pueblo y de las tierras bañadas por el río Cardener, constante desde cualquier punto que mires, es un regalo que te despertará cada mañana.

Cardona conserva el encanto de las villas medievales, salpicada de rincones de belleza inigualable y estrechas callejuelas por las que no puedes dejar de pasear. Aquí puedes visitar el Parque Cultural de la Montaña de Sal, un recinto minero de espectaculares galerías interiores donde podrás ver un museo y la antigua maquinaria del pozo de extracción. La espectacularidad del lugar, con los diferentes pliegos y vetas del yacimiento y la diversidad de minerales lo hace único en el mundo. Te encantará.

Tu estancia en el Parador de Cardona puede ser el punto de partida ideal para rutas a pie o en bicicleta, como la de los Molinos de la Sal, por la que seguirás la huella de las piedras de tres antiguos molinos al lado del cauce del río Cardener. Otros itinerarios naturales para disfrutar son la Vía Salaria, el Camino de los Monjes y El Camino de la Frontera, que te guiará por los senderos que rodeaban los territorios de la antigua frontera andalusí.

En el Parador de Cardona te ofrecemos una experiencia única en la que reencontrarte con la tranquilidad, la naturaleza, y la historia y donde disfrutar de las delicias de la cocina catalana. Si vienes, repetirás.

 

Conoce el entorno

Cardona situada en la provincia de Barcelona te transporta a un mundo medieval a través de sus templos góticos y románicos, sus fiestas populares y sus platos más típicos. Está muy bien comunicado ya que se encuentra a 98 km de Barcelona centro neuralgico nacional e internacional. Un momento idoneo para visitar esta pequeña población es durante sus fiestas/ ferias: Feria de la LLanega que se celebra a final de octubre y está dedicada a micología, Fiesta de la Sal que sustituyó a la Feria de Pentecostes y que ahora está más centrada en una feria medieval a final de mayo o la Fiesta Mayor dedicada a la Virgen del Patrocinio es la fiesta más importante de la comarca y que se celebra a principios de septiembre. 

 

 

 

 

 

El Castillo de Riudabella, o Granja de Riudabella, es una antigua granja-fortín cisterciense convertida en mansión fortificada de estilo historicista. Está situada en el núcleo de Riudabella, al pie del bosque de Poblet, en el término municipal de Vimbodí y Poblet (Conca de Barberà). Está declarado como bien cultural de interés nacional .

Los orígenes de Riudabella se remontan a la época prehistórica tal y como  demuestra la existencia de diferentes yacimientos en la zona. El inicio de la edificación se ubica en la época ibera, ya que en este emplazamiento se halló  un torreón ibero de defensa. Posteriormente  en este mismo edificio se  tienen diferentes referencias  del asentamiento de una considerable villa romana.

Hacia el siglo XII, tras la ocupación sarracena,  Ramón Berenguer IV reconquista estos territorios y cede las tierras a los monjes del Cister que fundan el Monasterio de Santa María de Poblet,  y se encargan de desarrollar diferentes granjas dedicadas a la explotación agrícola y el cuidado de sus inmediaciones. 

Así Riudabella entre los siglos XIII y XVI se convierte en una importante   "granja fortín pobletana" donde se construyen sobre los elementos ya existentes, una masía fortificada con  diferentes dependencias dedicadas al alojamiento, a la oración y a las labores agrícolas realizadas por los monjes tales  como  el cultivo de la viña y la elaboración del vino, la miel y el azafrán. Eso explica la existencia en las dependencias de un importante "Celler" o bodega  de la época.

En el siglo XV el abad Delgado hace varias construcciones y una capilla. A lo largo de los siglos XVI-XVIII los monjes hicieron mejoras. 

Durante el periodo de la desamortización de Mendizábal, Pedro Gil i Babot, padre del tatarabuelo del actual propietario compró la masía como finca de caza. La restauración se hizo durante 1860 y fue cuando se rehicieron los edificios con un estilo neo medieval, convirtiendo Riudabella en una mansión fortificada.

 El edificio principal está formado por un cuerpo rectangular de tres pisos y desván y cubierto a dos vertientes; a ambos lados hay una torre, una cubierta a cuatro vertientes y el otro tiene la cubierta plana y está decorado con arcos de medio punto en la parte superior. En un lado hay una terraza con almenas acabadas en punta y pequeñas torres circulares en las esquinas. Todas las aberturas son con dinteles excepto en una de las torres que hay una galería hecha con ventanas de estilo gótico con arcos, finas columnas, relieves y calados. Todo el recinto está rodeado por una muralla con almenas acabadas en punta.
 
Se empezó como finca agrícola y residencia de verano de la familia, a uso privado, pero el paso de los años , las nuevas inquietudes de la sociedad así como los cambios económicos en general, han hecho que la familia nos replanteáramos abrir nuestra casa al público, para poderlo preservar y afrontar el costoso mantenimiento que implican este tipo de edificios.

En ese sentido, nos pareció más adecuado abrir un tema de “turismo rural” dado el singular entorno en el que se encuentra emplazado el Castell de Riudabella. Empezamos en 1992 con un apartamento para 6 personas en un ala del castillo y poco a poco fuimos adecuando las instalaciones anexas para dar servicio de piscina y jardín.

Después abrimos otro núcleo para 2 personas, con una filosofía diferente a la del turismo rural entendido y legislado por la Generalitat, y más acorde con la idea de ofrecer unos alojamientos con encanto y derivar más a un turismo histórico-cultural, rama que por cierto aún no existe en España.

En ese sentido estamos trabajando en estos momentos. Nuestra idea e ilusión, sería convertir el Castell de Riudabella en un referente del turismo histórico, con plaza para máximo 20 personas alojadas en apartamentos para 2/4 pax. Ubicadas en diferentes emplazamientos fuera del edificio principal (cocheras, establos, bordas...) y mantener éste para dar comidas especiales, celebrar eventos y reuniones.

Asimismo ofrecemos a nuestros huéspedes no sólo la oportunidad de pernoctar, sino también poder disfrutar de diferentes packs de ocio, véase, visitas guiadas por la ruta del Cister, Tarragona, el Reus modernista, cata de vinos, packs de spa (masajes, sauna, jacuzzi...) salidas en globo desde el propio castillo, deportes al aire libre (Paintball, senderismo, quads...) y claro está, la visita guiada privada por el castillo con explicación de su historia y la de nuestra familia.

También hemos adecuado unas salas en el antiguo granero, para poderlas ofrecer para celebrar bodas, eventos, reuniones de empresa... y así ampliar la oferta.

Nuestro último gran hito, será poder recuperar el antiguo jardín romántico e incluirlo en nuestra oferta turística y así disfrutar de un entorno privilegiado.

Más de dos mil años de historia conforman el patrimonio de Tortosa, ciudad declarada Conjunto Histórico-Artístico. Asentada al paso del río Ebro, ya próximo a la desembocadura y al principio del delta, Tortosa goza del clima y el encanto mediterráneo. El Parador, situado en el impresionante castillo de la Zuda, mira a la ciudad desde lo alto, en un entorno que aúna la belleza monumental con los atractivos de los diferentes enclaves naturales que lo rodean. En el confortable hotel podrás disfrutar de piscina de temporada, un acogedor comedor con ventanales góticos, cómodas habitaciones y magníficas vistas a la ribera del Ebro en su tramo final.

En Tortosa descubrirás una ciudad con encanto especial, la bella Catedral de Santa María, el Barrio Judío, los Jardines del Príncipe con escultura al aire libre del escultor Santiago de Santiago, o los Colegios Reales, forman parte de los preciosos rincones que ofrece. Una ruta a pie o en bici por las murallas y fortificaciones, empezando en el Parador y pasando por las Avanzadas de San Juan , el Paseo de Ronda, la Plaza de la Cinta o el antiguo puente del tren que da inicio a la Vía Verde, supone una magnífica opción para descubrir Tortosa.

Sus calles, el patrimonio histórico y artístico, los paisajes que regala la vega del Ebro, y también su gente, la gastronomía y las fiestas, hacen que la ciudad sea única. Si te acercas a Tortosa durante la segunda quincena de julio vivirás la fiesta del Renacimiento, en la que participan miles de ciudadanos vestidos de época y se suceden espectáculos diarios por las calles, transportándote a la Tortosa de hace más de quinientos años.

 

Conoce el entorno

Tortosa es la capital de la comarca del Bajo Ebro, situada en la provincia de Tarragona, Cataluña (España). Es sede episcopal y constituye un importante centro agrícola, comercial e industrial.

Conserva significativas muestras de arquitectura medieval, renacentista, barroca y modernista. Ha sido declarada conjunto histórico-artístico y algunos de sus edificios, como el castillo de la Suda, son Monumento Nacional.

La segunda quincena de julio Tortosa celebra la Festa del Renaixement, declarada Fiesta de Interés Turístico Nacional.

El delta del Ebro, situado a un paso de la ciudad, es la zona húmeda más grande de Cataluña y una de las más importantes de Europa occidental. Declarado Parque Natural y Reserva de la Biosfera.

 

 

 

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